Te veo a tí y a tus zapatos.
Sobre todo eso, veo tus zapatos desgastados.
Y subo lentamente mi mirada. Inspecciono tus vaqueros: desteñidos y caídos como los de cualquier otro joven, quizás el barro que llevan en los bajos me dicen que te has metido en algún lío.
Estudio tus uñas y como las muerdes lentamente. Como si se tratará de un ritual con el que liberar tensión. Una a una. Las muerdes y escupes al suelo. Una a una.
Tus manos son un poema. Agrietadas, sucias con durezas y arrugas. Tus manos han envejecido tu rostro como treinta años. Los demás no lo ven, yo sí. Veo a través de tus manos lo jodido que es vivir aquí y lo que te cuesta hacerte un hueco.
Y de nuevo, me pierdo en los ojos. Constantemente giro mi cuerpo para poder mirarte disimuladamente desde mi sitio, una fila por detrás de tu asiento.Pero es que tus ojos, y tu mirada son demasiado. No consigo definir el color, sí la intensidad.
Tus ojos no tienen forma, sin embargo la tristeza y un envejecimiento como el de tus manos prematuro los rasga. Te duermes a ratos, lo que me da oportunidad de seguir estudiándote milímetro a milímetro creando mil historias que seguramente ninguna se acercara a la rudeza y a la verdad de tu historia. Pero realmente tu, tus ojos y tus manos me han impresionado.
Tres horas más tarde el bus ha llegado, te observo recoger tus cosas: dos bolsas del Mercadona, te atusas el cuello de la camiseta y la sudadera y armoniosamente como si se tratará de un juego sales y me quedo viendo tus pasos alejándose despacio, lentamente. Caminas con parsimonia dando a entender que cada paso que das es un trozo de vida que dejas atrás, con la cabeza erguida soñando que será lo próximo.
Quiero correr detrás tuyo, e incluso darte un abrazo. Qué absurdo. Qué absurda.
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